Más sobre Revolución (política)
Definir un objeto de estudio, en este caso una serie de eventos diversos en un espacio de tiempo determinado, puede exigir segmentación temporal debido a la no única línea argumental del relato que se pueda hacer sobre aquello. Si no hay línea clara cuyos componentes, encadenamiento y resultado sea factible de definición como conjunto hay que recurrir a otras herramientas de análisis. Lo cierto es que tomar una parte como el todo es e induce a error.
Revoluciones políticas no discutibles, algunos ejemplos: Norteamericana, Francesa, Hispanoamericana, Soviética, China, Cubana, Islámica, Bolivariana, etc.
Aparte destaco la chilena en el siglo pasado porque no es una sino dos, hasta tres, de más reciente a menos: Militar 1973-1990, Con empanadas y vino tinto 1970-1973, En Libertad 1964-1970. Algunas precisiones necesarias: La de UP fue un proceso revolucionario que no logró imponerse; la de Frei Montalva -DC lo fue en cuanto produjo transformaciones sociales y políticas decisivas (Reforma Agraria, Sindicalización Campesina, Promoción Popular, etc.).
¿Puede definirse la de ’70-‘73 como inconclusa, abortada o similares? Sí puede adjetivarse así porque no hay duda que era un proceso revolucionario que logró lo máximo que la camisa de fuerza institucional de entonces toleraba pero que no logró su fin último -Socialismo- porque sobrevino otra revolución contraria o contrarrevolución, que sí logró su propósito y que al satisfacerlo abrió el cauce de cambio al siguiente régimen político.
Entonces ¿se puede o no anteponer o posponer adjetivos a un proceso revolucionario? Sí, en cuanto tenga todos los elementos que tipifican una revolución en curso, presentes durante todos los momentos o desarrollo de tal proceso. No es permitido calificar como revolución una serie de eventos que claramente presenta distintos momentos con diferentes características, sin la constante o denominador común referido a revolución.
Salvedad necesaria: Hablar o escribir poco reduce el desarrollo del pensamiento; escribir o hablar mucho tiene el peligro de afirmar criterios discutibles, dejar muchos y tal vez amplios espacios en que cabrían definiciones, interpretaciones alejadas del centro de las ideas que se intenta pensar y exponer.
El caso de los eventos acaecidos a partir del 18 de octubre de 2019, no se ve -sin auxilio de la ideología o cosmovisiones- una serie de hechos encadenados en dirección revolucionaria. Ya es un lugar común entender que las manifestaciones iniciales fueron multi clase, multi propósito. Lo común fue expresar disconformidad con variadísimas situaciones vitales, expectativas, frustraciones casi, exagerando, de una en una persona. No hubo coordinación, liderazgo, ideología política. Eran decenas de miles de personas distintas exteriorizando su cansancio y frustración. Esa etapa breve no fue revolucionaria, fue de protestas.
Muy rápidamente sobrevino la degradación: emergió desde los márgenes de las zonas populares el submundo de los antisistema, de los delincuentes, agitadores, lumpen, anarquistas que se expresaron con gran claridad y contundencia destruyendo, robando, agrediendo. Ahí no hubo ideología ni dirección revolucionaria. Tampoco se puede hablar de “explosión social”, título que en todo caso estaría más cerca de las manifestaciones iniciales.
La institucionalidad desbordada, el caos generalizado y violento. Allí entonces aparecieron los intérpretes de buena y mala fe forzando e intentando dirigir esos hechos a una captura violenta del poder político. Ya señalado en escritos previos, liderazgos políticos al descubierto no hubo, mal podrían coronar una acción revolucionaria desde la penumbra.
A esa altura, en ese momento del desarrollo y evolución de los eventos de que se habla, las insinuaciones políticas de estos equilibristas poco y nada de efecto tenían o tuvieron para los desatados destructores; escaso sino nulo para los manifestantes iniciales, ya retirados de la acción hacía rato. Así y todo, lograron percolar la ocurrencia posible: Nueva Constitución.
Muy significativa esta idea porque surge cuando la protesta ciudadana no estaba presente, cuando la institucionalidad debilitada pero no caída tenía aún recursos de contención y represión. Punto intermedio entre pérdida de la oportunidad y espacio institucional.
Entonces puede decirte que el vandalismo no popular fue usado como base de fuerza para meter la cuña constituyente. Puede decirse que allí propiamente se puede ver una proceso revolucionario en marcha. Si las etapas siguientes lograban mantener el rumbo revolucionario y se llegaba a la caída del gobierno, a la rendición del sistema y a la captura real del poder político, claramente Revolución. Pero eso no sucedió. Con la fuerza del caos e introducida la baza constituyente, pasó que la muy débil institucionalidad retrocedió y adhirió a la idea que cambiaría todo, aceptó reglas que demostraron ser fatales para la democracia. Pero a última hora logró frenar temporalmente el ímpetu: Constituyente, bien, pero no Originaria sino Derivada.
El desarrollo y contenido, la propuesta final de esa Convención Constitucional sí era revolucionaria, muy más allá de cualquiera imaginación convencional. Proceso y resultado, claramente revolucionarios. Pero, los chilenos dijeron No y hasta ahí llegó el proceso. Hasta ahí lo que iba a ser -si triunfaba- una Revolución propia.
Sin cambio profundo, radical (de raíz), no hay Revolución. Lo que hubo es un conjunto de sucesos de diferente tipificación según momentos en que se fueron presentando que, al no culminar con el cambio de sistema, captura del poder, expulsión de los hasta entonces detentadores del mismo, no puede definirse como revolución.
Es la interpretación de quien redacta. Y no está pensado en oposición a otros enfoques sino como esfuerzo para entender y comunicar ideas sobre tan traumática serie de eventos iniciados en 2019. Por cierto, la pandemia vino a sepultar cualquier ínfula post fracaso constituyente e intentos de revivir el fervor rupturista.
7.9.24
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