lunes, 23 de marzo de 2020

Hannah Arendt - Banalidad del mal

Actualización de mi enfoque, inicialmente formulado en 2010.


Desde que oí La banalidad del mal, me sonó mal. Durante unos meses leí bastante sobre el tema, fui a conferencias, etc. Luego expuse lo que entonces pensaba en el blog de un amigo judío y académico. Releo lo escrito y afino la puntería. Me va bien explicitar esta revisión.

Hago la salvedad que no soy académico sino curioso algo dedicado. Puedo no haber entendido nada, ser hereje, etc. Igual, aquí voy:

Testigo parcial del juicio a Eichmann, Arendt reportando para el New Yorker expone su interpretación (traducción mía): El procesado es un hombre sin conciencia inmerso en un sistema diabólico. Su accionar no contempla juicio moral, las consecuencias son horrorosas para millones. Arendt compró la defensa del acusado. Por supuesto, el Tribunal no entró en esa argumentación y lo condenó a la horca por sus acciones, no por su conciencia ética o humanista.

Pentabytes han sido escritos por admiradores, traductores, intérpretes y demás.

Mi enfoque, hoy:
1.  1. ¿Es el mal susceptible de calificación ética, de clasificación en escala? Se podría decir que sí, pero, atención, ¿se adjetiva por la gravedad de sus efectos o por la intención y motivación del perpetrador? Agregar a los efectos una valoración en realidad no los modifica sino que, de hecho, lo que hace es expresar la opinión del observador o peor aún, de la víctima. Ese juicio moral o intelectual no se incorpora al efecto ni a la acción en sí.

Si, por el otro extremo, se califica la calidad moral o la gravedad de los efectos desde el punto de vista de la conciencia y motivación del hechor, eso en primer lugar no hace que el mal adquiera esos atributos del actor. En realidad calificar el mal desde la moral es un acto referido no al objeto – sustantivo mal, sino al sujeto que acciona. ¿Y quién califica? Pues, en el caso que se trata aquí, es HA.

  2. ¿Tiene derecho AH de calificar, juzgar, elucubrar, filosofar, moralizar sobre el tema? Por supuesto que sí, como cualquiera. ¿Es la palabra santa final? No, sin duda. Es un enfoque, un punto de vista. Entonces, además de seguir el razonamiento Arendtiano se impone conocer quién era  o fue esa persona y en qué marco de referencia y época escribió sobre el tema: intelectual judía, inteligentísima, ilustrada. Apátrida, huida de Alemania desde el inicio mismo del gobierno hitleriano, vivió en varios países, activa sionista, rápido reconocimiento y ascenso en círculos intelectuales de Europa y EUA. Amante de Heidegger, casada dos veces, conferencista, intelectual política, etc.  Esta brevísima semblanza –se supone que el receptor conoce mucho sobre el personaje- nos ubica a AH como gran cuestionadora de su época, de los sistemas políticos totalitarios y también democráticos, de su propio pueblo judío, del juicio al nazi, de la acción de los Judenrat, en fin, de todo. Con su poderoso intelecto, con su elevada ilustración, con su personalidad ultra segura y tanto más, Arendt se sintió habilitada para exponer y discutir sus razonamientos, muchos de los cuales eran novedosos y muy, muy en contra de las corrientes del buen pensar de la época.

3.  3.  Entonces, es la conformación intelectual, experiencial y moral de HA, la que califica el mal como banal, concepto que pergeña desde su asistencia a unas pocas sesiones del juicio a Eichmann. “Pensar fuera de las barandillas” es buena cosa y no se objeta, pero que sea desde el afuera no necesariamente la da valor casi absoluto a la idea que de allí proviene. Es Arendt, con todo su bagaje quien juzga y valora el mal. Inevitablemente lo hace desde su sí misma. Puede formarse opinión sobre Eichmann, puede objetar su ética, puede interpretar que ese criminal es casi inocente por su nula apreciación valórica de sus acciones. Pero, en primer lugar, aceptar que el procesado solo cumplía órdenes sin motivación odiosa –llegó a afirmar que no odiaba a los judíos- es, desde el punto de vista de este escrito, un pecado de soberbia de Arendt: Juzga desde su elevadísimo nivel conceptual de lo que es ético a un criminal que se esconde en la obediencia debida. Entonces lo valora como un especia de sub-hombre, sin moral por ignorante y adormecimiento del sentido moral que se supone que tiene o debe tener todo ser humano. Y luego traslada esa valoración sobre la persona, al objeto mal.

4.  4.  Una extensión a la crítica: ¿Quién dice que las motivaciones del hombre son elevadas, profundas, basadas en meditaciones superiores? ¿No será más bien que el pobre –y a la vez o en ocasiones sublime- ser humano es movido por necesidades, convenciones, imposiciones culturales de época, etc? ¿Y que millones de ayer y siempre se mueven con poca conciencia siquiera de sí mismos? ¿Acaso las circunstancias no imponen limitaciones, cambios, aceptaciones, en ocasiones conductas de sobrevivencia animal? Costumbres horrorosas y primitivas a nuestra apreciación, son banales? ¿Y el genio del mal tipo Hitler, Stalin y tantos otros se movían porque sí?

El punto es que, iniciado un camino de maldad, en contexto ídem, es casi imposible sustraerse a la retroalimentación que se auto potencia. Esa dinámica malvada pervierte la moral propia de tiempos normales. Los actores ejecutan, no se cuestionan, hacen malas cosas y con resultados malévolos. Tales conductas degradadas ¿son banales? Los efectos de tales acciones ¿son banales? No.

5.   5. Este texto cree que hubo allí un salto indebido de la lógica, del razonamiento.

6.  6.   Esta banalidad del mal cayó muy bien entre intelectuales, moralistas y tantos otros. Aceptación rápida y generalizada de una idea… no es garantía de la lógica de ella, muestra más bien las expectativas de la intelligentsia  de entonces y hasta hoy.

En resumen: No existe tal cosa del mal banal, de la banalidad del mal.

PS: Este texto es escrito para aggiornar el enfoque de hace varios años. Y, confesión de quien escribe, está preparado para feroces críticas y descalificaciones, pero también ilusionado con encontrarse con enfoques ilustrados y razonados en interpretación distinta u opuesta a esta.

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